Prólogo: La caja del Destino.
Aquel hombre corría bajo la lluvia. Apenas aparentaba venti-pocos años y su pelo pelirrojo destacaba sobre las calles grises y entristecidas por el mal tiempo. La gente pasaba a su lado, mirándole mal cada vez que se chocaba con alguno, sin saber que el destino del mundo, de todas y cada una de las personas de este planeta, estaba en sus manos. De él dependía todo, absolutamente todo, lo que existía, había existido o existiría alguna vez. Jadeaba, y el vaho que salía de su boca se perdía en el cielo junto con las esperanzas de salir vivo de todo aquello, pero tenía la mirada fija en el frente y no dejaba que nada ni nadie le frenase, tenía que llegar a su destino a tiempo o todos sus sacrificios no habrían valido para nada. Se permitió pensar durante un segundo en todo lo que había perdido en aquella batalla, en todas las muertes, la destrucción y el sufrimiento que le había causado aquello que intentaba proteger en aquel momento con su vida. Y es que aunque le tentaba la idea de destruirlo, de vengarse por todo lo que había tenido que pasar, era incapaz de hacer nada. Solo podía avanzar a toda prisa hacia lo que seguramente sería su propia muerte.
El reloj de la torre de la estación dio las campanadas de manera molesta y estridente. Ya eran las nueve y apenas le quedaba tiempo. Corrió más deprisa, todo lo que sus piernas le permitieron hasta que llegó a su destino, cara a cara con la verdad.
-- Vaya, vaya Pelirrojo, no esperaba verte de nuevo tan pronto – dijo un hombre mientras se giraba. Era alto, musculoso e intimidante. Su melena negra, en contraste con una piel blanca como la nieve, se le pegaba empapada contra la cara, dándole un aire siniestro que le hizo estremecer. Su único ojo, azul como el océano, le observaba como queriendo traspasarle y la cicatriz que sobresalía encima y debajo del parche que le tapaba el otro ojo le inspiró una sonrisa de orgullo. Vestía todo de negro, como si estuviera de luto, y en cierto modo así era.
-- No tengo tiempo para tus tonterías, Ramesh – dijo el pelirrojo frunciendo el ceño – hay demasiado en juego – el malvado sonrió de medio lado y avanzó hacia su acompañante con aire de superioridad.
-- En ese caso no perdamos más el tiempo, ¿lo has traído? – preguntó Ramesh con tono de amenaza.
-- Por supuesto – contestó el pelirrojo – pero antes quiero que me garantices mi parte del trato – el muchacho se apartó un par de pasos para poner tierra entre él y Ramesh.
-- ¿Y cómo pretendes que haga eso? – preguntó con una mueca parecida al asombro, todo lo parecida que podía ser viniendo de él – tendrás que fiarte de mí…
-- Eso nunca, bastardo – la mano de Ramesh comenzó a iluminarse con un resplandor azul y se alzó sobre el pelirrojo, que acto seguido sacó una caja de plata y se la tendió. El moreno se relajó al momento.
-- Buena elección, mi joven amigo – cogió la caja y se la guardó – y no te preocupes por tu parte, será tuya en cuanto compruebe que la mía está en orden…
-- ¿Cuándo será?
-- ¿Acaso quieres huir o esconderte? ¿Proteger a los tuyos?
-- Ya no me queda nada…
-- Yo no estaría tan seguro – Ramesh se puso enigmático – verás, a pesar de que te odio más que a cualquier otra persona, reconozco que me une a ti un vínculo especial… -- el pelirrojo sonrió con arrogancia, pero enseguida volvió a ponerse serio – así que voy a contarte un secreto que te interesa, Pelirrojo…
-- ¿Cuál?
-- La chica está viva – el pelirrojo se quedó mirándole con los ojos como platos. Eso no era posible, había muerto entre sus brazos en una de las batallas, había tomado su pulso, la había enterrado.
-- Eso es imposible… -- sintió como las lágrimas acudían a sus ojos, pero las contuvo, no podía mostrarse débil ante su enemigo.
-- Conservé su alma… así que volverá… pronto – Ramesh no dijo nada más y el pelirrojo le agarró por el cuello de la camisa.
-- ¿Dónde? ¿Cuándo? – le sacudió bruscamente, pero Ramesh se zafó del agarré y se alejó recolocándose la ropa.
-- Eso no puedo decírtelo, ni siquiera yo lo sé… pero supongo que a ambos nos interesa verla de nuevo… me encantaría volver a matarla – soltó una carcajada siniestra. Las manos del pelirrojo comenzaron a iluminarse con un resplandor dorado. Con un movimiento, un rayo de esa energía impactó contra Ramesh y le tiró al suelo, acallando su risa.
-- Morirás antes de que eso pase, lo juro Ramesh, te mataré… no parare hasta poder quemar tu cadáver – su mirada no admitía lugar a dudas, iba en serio, pero Ramesh no se amedrentó.
-- No ha podido detenerme esta vez, ¿Qué te hace pensar que sí podrá cuando vuelva?
-- Que esta vez no voy a dejarla ir – y le dio la espalda mientras volvía por donde había venido.
