<< Nunca entendí porque todos los años este
era un día triste. Normalmente, un sol radiante se imponía en un cielo
totalmente despejado, soplaba una suave y fresca brisa que hacía que el ambiente
fuera muy agradable. Los pájaros cantaban ajenos a todo en el cielo y todos los
colores parecían más brillantes. Sin embargo, todo aquello que me encontraba
desde que me despertaba recordaba a la muerte.
Nunca entendí porque mi madre salía de casa temprano
con un ramo de margaritas y rosas blancas en la mano, porque mi padre se pasaba
las horas mirando la bandera roja que tenía guardada en una caja, ni por qué
Celle se negaba a salir de la habitación secreta que todos sabemos que tiene en
lo alto de la torre del reloj.
El único que quería pasar algo de tiempo conmigo era
Jul, y aun así la mayoría del tiempo me la pasaba como hablando solo, porque él
se quedaba mirando por la ventana, ausente, con la cabeza perdida en
pensamientos que iban más allá de lo que mi mente se podía imaginar. Siempre
que le preguntaba evitaba mis preguntas. Incluso Aine y la buena de Nana no
querían responderme. “Es mejor que te mantengas al margen, pequeño” decía Nana acariciándole
el pelo “Es mejor vivir en la ignorancia”.
Una vez, cuando solo tenía diez años, me crucé con
Lotte cuando salía de un mesón de mala muerte, botella en mano. “Tu no deberías
quejarte” le dijo alargando las vocales como todo buen borracho “si tanto
quieres enterarte ves a preguntarle a tus padres los burguesitos…” y tras eso
se marchó tambaleante a quién sabe donde. Cuando después les pregunté a mis
padres, lo único que obtuve fue una bofetada de mi padre y un castigo de mi
madre. Nunca volvía a mencionarles el tema.
Nombres como Eponine, Grantaire, Amice, Enjorlas y
en general Les Amis, no me eran desconocidos. Sabía que eran los padres de Mar,
Azelma, Owain, Ari, Jul, Celle y el tal Sille, al que solo había visto una vez,
pero del que había oído hablar mucho por Celle. También sabía que estaban
muertos.
Cada cinco de junio, sobre todo cuando era pequeño y
solo veía caras largas a mi alrededor, solo podía enfadarme con todo y todos.
Les odiaba porque nadie me contaba nada, nadie me decía que había pasado antes
de que yo naciera para que todos estuvieran así, y les odiaba porque todos
intentaban apartarme ese día. Ahora, que soy más mayor y tengo capacidad de
razonar, y aunque aún no he sido capaz de averiguar todo lo que pasó, sé que
les dolía verme porque mis padres si que estaban vivos. No les culpo, ya no. No
podría hacerlo.
Ahora, que me considero un hombre maduro y que conozco
aunque sea una parte de lo que pasó en aquella fatídica noche no puedo más que
desear haberles conocido. Me habría gustado poder aprender de ellos, entender
porque todos se ponen tan tristes… pero no, todos decidieron que yo no podía
saberlo porque no lo entendería. Deben pensarse que yo no perdía nada esa noche
pero si que lo hice, si que perdí gente.
Perdí a los hermanastros de mi madre, a los amigos
de mi padre. A todos aquellos que podrían haberme querido, a los que habrían
sido mi familia. Perdí, aunque aun me cueste entenderlo, a quien habría sido
también mi madre. Y además, me quedé sin todos aquellos que si han sido mi
familia, porque me ocultaron secretos aunque fuera para protegerme y, aunque
solo sea un día al año, me dejan solo.
Por esto no
podía dejar de venir hoy a traeros una flor, porque hoy después de tantos años
al fin vengo a presentarme, por fin averigüé dónde estabais.
Soy Jean Luca Pontmercy, y también soy un hijo de la
barricada.>>
Tras decir aquello, JeanLu dejó una flor
diferente en cada una de las tumbas y se dio media vuelta para volver a su
casa.