lunes, 9 de julio de 2012

Mansión de los Horrores


Salón y Comedor.

Me tiemblan las manos y noto las gotas de sudor resbalar frías por mi espalda. Los gritos se van acercando, o más bien somos nosotros los que vamos hacia ellos. Son voces masculinas, se insultan y noto un deje de dolor en ellas.
-- Que gran honor – dice la guía girándose hacia nosotros – vais a conocer al dueño de la Mansión, no sabéis lo afortunados que sois – sigue avanzando hasta que estamos frente a dos grandes puertas de madera. Las abre con un fuerte empujón y entramos en lo que debe ser el Salón Principal de la casa.
Sentado en una silla hay un hombre muy bien vestido, lleva una camisa blanca y una corbata. Es un chico joven, más de lo que me había imaginado en un principio. Tras él, otro chico alto con una cuchilla en la mano le está afeitando. Ambos están pálidos, como todos los demás, y me pregunto si acabaré así de blanca cuando llegue al final del recorrido. Me fijo en que el mayordomo lleva una soga atada al cuello. Nuestro anfitrión se pone en pie para darnos la bienvenida.
-- Mis queridos huéspedes – dice con una sonrisa que se me antoja siniestramente agradable – espero que el personal os esté tratando debidamente y que estéis eligiendo el papel que queréis desempeñar en este caserón – ninguno de nosotros sabe como reaccionar y él pierde la sonrisa ante nuestra aparente indiferencia. Se dio la vuelta con aire regio y se volvió a sentar. Con un movimiento de la mano, el mayordomo se acerca como para seguir afeitándole, pero agarrándole del  pelo y estirándole de la cabeza hacia atrás, hizo un corte de lado a lado de su cuello. La sangre empieza a brotar y resbala entre sus dedos cuando se lleva las manos al cuello. Debería caer al suelo, muerto, formar un charco de sangre a su alrededor, pero se pone en pie, sacude las manos salpicándonos a todos y se gira. Agarra la soga del cuello del mayordomo y tira bruscamente de ella, arrojando a ambos al suelo. Se enzarzan en una pelea y ruedan por el suelo, manchándolo todo de sangre a su paso. La guía llama nuestra atención con un grito que apenas entiendo y nos obliga a seguir avanzando, dejando a esos dos peleando a… diría que a muerte, pero algo me grita en la cabeza que llevan más tiempo muertos del que podría llegar a pensar.
Dos cadáveres acaban de saltar sobre nosotros, derribando a algunos entre gritos y arañazos. Por un momento el pánico prácticamente a reinado entre el grupo, ninguno se esperaba semejante ataque. Corremos hasta la siguiente habitación que encontramos, y poco después entre la guía con una risita. En el centro de la habitación hay una mesa iluminada con velas y dos chicos completamente iguales están al final de ella.
-- Me alegra… – dice uno.
-- Que hallan llegado – completa el otro.
-- Siéntense en la… -- pide el primero.
-- Mesa, por favor – termina el segundo. Dan demasiada grima, completándose las frases el uno al otro. Poco a poco nos vamos sentando alrededor de aquella mesa, mirándonos confusos los unos a los otros.
-- Esperamos que les…
-- guste la comida – traen una bandeja y dejan delante de nosotros unos platos que no tienen muy buena pinta. Para ser exactos, parece vómito revuelto con basura y mierda. Nos miran expectantes esperando que comamos.
-- Adelante, comed – dice la guía – es el plato especial… -- me llevo un poco de lo que fuera aquello a la boca y tengo que retirarme para vomitar. El regusto a bilis es más agravadle que el sabor de la comida, que solo me trae a la mente una pila de cadáveres humeantes.
-- ¿No os ha…
-- gustado? – me da miedo decirles la verdad y no se que responder. Nadie dice nada y ante esto los camareros enloquecen y empiezan a tirar la comida de la mesa a manotazo limpio, embadurnándonos en esa bazofia.
-- Será mejor que continuemos… -- dice la guía y su tono de voz consigue que se me retuerza el corazón con pánico – es hora de la misa de medianoche…

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