Je t'aime... est une promesse
Esta realmente sensual
apoyado en la ventana solo con un pantalón corto cubriéndole, la Torre Eiffel
de fondo y fumándose su cigarro. Las luces del amanecer le rodean y parece
brillar. No puedo mentir, me encanta quedármele mirando después de hacer el
amor. Él parece no reparar en mí, realmente pienso que a veces es capaz de
abstraerse tanto del mundo que todos a su alrededor desaparecemos y solo queda
él con sus pensamientos. El humo sale de su boca en bocanadas que escapan por
la ventana y se deshacen cuanto más se acercan al cielo.
– Paris es muy bello en
esta época del año ¿no crees? – le digo para llamar su atención, aunque me
gustaría quedarme así todo el día cada vez nos queda menos tiempo.
– Se me ocurren otras
cosas más bonitas que Paris… – se gira hacia mí y llevándose el cigarrillo a la
boca vuelve a perder la mirada en el horizonte – como las curvas de una mujer
mientras se contonean en el Moulin Rouge, o mejor, si se contonean sobre mí en
la cama… – me giro para quedarme mirando al techo con un suspiro resignado.
Noto su mirada sobre mí y no puedo evitar que se me acelere el corazón.
– Eres incorregible,
Julien – le digo enfadado dándole la espalda.
– Si no querías saber,
no haber preguntado – no puedo verle, pero se que sonríe con suficiencia. No le
respondo, quiero que intente que se me pase el enfado, quiero que reaccione,
que me demuestre si es que realmente siente algo por mí. El silencio continua
sin conseguir lo que quería.
– Son malos tiempos,
Gilbert – es lo único que dice y me giro lentamente sin entender – Alemania le
ha declarado la guerra a Francia el pasado día tres y la batalla va a ser
terrible, lo presiento Gilbert… – una lágrima se derrama por su mejilla y me
levanto acercándome a él y abrazándole por la espalda. Le quito el cigarrillo
de los dedos y lo apago en la mesa.
– ¿Por qué piensas en
eso ahora? – pregunto besando su cuello.
– Crees que soy frio
¿verdad? Que no tengo sentimiento alguno – dice mientras apoya la cabeza en mi
hombro – pero tengo miedo, porque eres un joven soldado y serás de los primeros
que manden al frente… – aunque ya sé eso, escucharlo de sus labios hace que la
realidad sea más amarga – por eso no quiero sentir nada por ti ahora, porque es
más fácil no sentir nada si no regresas… – me aparto de él, le agarro de la
mano y le llevo de nuevo a la cama.
– Voy a volver, Julien,
no dejaré que me maten en las trincheras… tengo una razón para volver – le
tumbo sobre la cama y me mira con sin entender, la conversación no va por donde
él quería y le descoloca no tener el control. Le beso, pero no responde, aun se
niega a admitir que le gusta que le bese, que me vaya a extrañar cuando me vaya
al frente, que va temer que muera en cualquier momento en una batalla. Me
deslizo hasta su cuello, donde me entretengo dejando varias marcas rojas para
que no me olvide, pero sigue sin reaccionar y cada vez me siento más impotente,
parece que ha asumido mi muerte y está intentando olvidarme antes incluso de
que me marche. Sigo bajando, dejando un rastro de saliva con la lengua hasta su
pecho, se que le encanta que haga eso, le encanta sentir el frio que provoca la
brisa de la mañana en la parte que he humedecido, pero aun así sigue
conteniéndose y negando lo que siente, lo que sentimos.
– Reacciona, Julien,
por favor reacciona – no puedo evitar que se me llenen los ojos de lágrimas –
¿es así como quieres que te recuerde? ¿Es así como quieres que queden las cosas
cuando me marche? – me levanto de golpe, apretando los puño impotente. Él se
apoya sobre los codos y se queda mirándome sin decir nada – sería más fácil,
olvidarme… me estás dando por muerto antes de que me vaya a la guerra ¿cómo se
supone que debo tomarme eso? Además, vienes con esas de repente después de
habernos pasado toda la noche haciendo el amor ¿Acaso era una despedida? ¿Una
manera bonita de decirle adiós a tu puta? – aparta la mirada y ya no aguanto
más. Agarro mi camisa y empiezo a andar hacia la puerta, pero cuando estoy a
punto de salir, me agarra de la muñeca y me tira sobre la cama con una fuerza
descomunal. Antes de poder reaccionar, me inmoviliza con su propio peso y
devora mis labios con hambre.
– ¿Eso es lo que crees
que hago, Gilbert? – muerde mi cuello sin compasión y se me escapa un gemido de
dolor – ¿crees que solo era sexo de despedida? ¿Qué te considero mi puta? ¿Qué
me resulta fácil verte tan tranquilo cuando te vas a marchar a luchar?
– Pero dicen que la
guerra acabará para navidad, que está ganada… – le interrumpo, pero me caya con
otro beso.
– Será mucho más que
eso, va a ser una guerra larga y dura, habrá muertes y sangre – desliza sus
dedos por mi pecho desnudo para volver a quitarme la camisa que ya me había
arrancado con la boca la noche anterior – muchos de tus compañeros no volverán…
y tengo miedo de que tu no vuelvas – me estremezco cuando me susurra al oído –
no tuve miedo cuando me di cuenta de lo que sentía por ti, no me dio miedo el
que ambos fuéramos hombres o lo que la sociedad fuera a pensar de nosotros… No
me dio miedo que me rechazarás aquella vez que te besé en el parque, y me dio
miedo que nos pillaran cuando nos escapamos para estar juntos en tu noche de
bodas, ni cuando tu esposa llego a casa y aun estábamos en la cama… no me da
miedo tocarte cuando hacemos el amor, a pesar de que se que está mal y que es
una locura amarte como te amo… – noto como sonríe contra mi cuello y siento
como si me derritiera entre sus brazos, acorralado contra el calor de su pecho.
Alza la vista y se queda mirándome a los ojos.
– Julien… – mis
palabras mueren en sus labios, porque me besa con desenfreno, con la necesidad
irracional con la que siempre lo hace, como si llevara años sin probar una gota
de agua y yo fuera una fuente. Y en el fondo eso es lo que somos, la fuente del
otro, el agua que necesitamos para seguir viviendo. Me doy cuenta de lo que
realmente significa para mi, él va a ser lo que más extrañe en las trincheras,
no será mi esposa, no será mi hogar… será él.
– Pero ahora tengo
miedo, un miedo loco e irracional a que no vuelvas, a tener que hacerme a la
idea de que jamás volveré a ver tus ojos, ni tu sonrisa. Miedo a perderte, a no
volver a estrecharte entre mis brazos, a no volver a besar tus labios… –
reparte suaves besos por mi pecho hasta que se deshace de la molesta camisa que
me había puesto para marcharme – ¿Me preguntas si me estaba despidiendo? Si,
pero no me despedía de ti, me despedía de mi mismo, porque cuando te marches,
nada quedará en París de mí, solo una carcasa vacía que te extrañe y que
necesitará que vuelvas… y si mueres en la guerra, nada quedará de mí, porque tú
eres todo lo que soy ahora…
– Oh, Julien… – nos
abrazamos, llorando de pura desesperación – te juro que volveré a por ti,
Julien, te lo juro… – y no hacen falta más palabras. Nos besamos
apasionadamente, recorriendo nuestros cuerpos en un baile desenfrenado. Su boca
llega a mi cuello, y me besa como sabe que me encanta, me arqueo bajo su
cuerpo, acoplando nuestras figuras a la perfección, como piezas de un puzle.
Utilizo mi propio peso para hacerle perder el equilibrio y quedar yo encima,
recorro su pecho con mi lengua y me detengo en su ombligo un segundo, alzando
la mirada para ver sus ojos suplicantes por que continúe mi camino. Sin un
segundo más de tregua, retiro el molesto pantalón que le cubre e introduzco su
erección en mi boca, consiguiendo que jadee de una manera deliciosa. Me
esfuerzo en darle el mejor de los recuerdos, paseando mi lengua por toda su
extensión y succionando en el momento preciso para hacerle gemir aun más
fuerte, aunque intenta reprimirse mordiéndose los nudillos. Noto como está
cerca de su límite, así que le torturo un poco y me lo saco de la boca,
recibiendo una mirada reprobatoria.
– ¿Por qué paras? –
dice enfadado.
– Eres demasiado
exigente – respondo juguetón. Tira de mí hasta tumbarme en la cama y me invade
sin piedad con uno de sus dedos. Clavo mis uñas en su espalda con un gemido de
dolor.
– Tranquilo… – me
susurra e intento relajarme. Cuando creo que me he acostumbrado por completo,
introduce otro dedo y empieza a mover ambos. Ya no hay más dolor y solo puedo
perderme en un torbellino de placer. Suplico por más.
– Hazlo… hazlo ya
Julien, por favor… – se ríe en mi oído y se coloca de forma que puedo notar su
miembro en mi entrada. Me penetra lentamente, con un gruñido gutural mezclado
con mi propio gemido de placer. Cuando ya está dentro de mí por completo, se
detiene un segundo para que me acostumbre. Empiezo a mover la cadera para que
sepa que puede continuar y empieza con un vaivén cada vez más acelerado, hasta
que toca en ese punto en mi interior que me hace tocar el cielo y gritar en la
más pura gloria. Lleva su mano a mi desatendido miembro y comienza a
masturbarme al ritmo de sus embestidas. Estamos en nuestro límite y nos miramos
a los ojos.
– Juntos, Gilbert – me
susurra y con una embestida más fuerte que las anteriores termina dentro de mí
y yo mancho nuestros vientres con mi esencia.
Caemos derrotados sobre
el colchón y sale lentamente de mí, haciendo que me estremezca en una ligera
prolongación de mi orgasmo. Me acomodo sobre su pecho y me abraza
protectoramente.
– Je t’adore, Julien…
te prometo que volveré a casa…
– Je t’aime, Gilbert… est une promesse…
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