Va dedicado a @Dbutterthing como premio por descifrar el primero de los códigos que preparé en cabreados. Espero que lo disfrutes guapisima que te lo has ganado con todas las de la ley!!
Welcome Back to London:
Londres
amaneció envuelto en una blanca niebla. El frío caló hasta los huesos de la
esbelta figura que se vislumbraba al otro lado de la calle. Sacó un cigarro del
bolsillo y se lo encendió, dando una larga calada. Estaba dejando de fumar,
pero los nervios de la situación le pedían nicotina.
Aun era
demasiado pronto, tal vez las cinco o las seis de la mañana, pero no le
importaba tener que esperar a que se despertara. Había esperado dos años, podía
esperar un par de horas más. Cerca de las siete, cuando la calle comenzó a
llenarse de gente yendo a trabajar, la puerta del 221B de Baker Street se
abrió. El Detective Inspector Gregory Lestrade se arreglaba la corbata mientras
salía. El observador frunció el ceño, encendiéndose otro cigarro. Entonces le
vio. John Waston salió del piso llamando a Lestrade con un grito. Sintió como
le dio un vuelco el corazón. El policía se giró y le sonrió mientras cogía el
maletín que le tendía el doctor. Se dieron un corto beso en los labios y el
inspector siguió su camino hacia Scotland Yard. Aquel era su momento.
Cuando
John cerró la puerta, tiró el cigarro al suelo y lo pisó para apagarlo. Esperó
a que dejaran de pasar coches y se detuvo frente a la puerta. Sacó una carta
del bolsillo, un sencillo sobre amarillento con la palabra “John” escrita en el
frente. Tocó con los nudillos y metió el sobre por debajo de la puerta. Antes
de que abriera, se alejó del lugar con paso rápido.
Aquello
había sido raro. Cuando abrió la puerta y no había nadie, se le despertaron
todas las alarmas. Y luego estaba aquella carta. Aquella imposible e intrigante
carta. Había reconocido la elegante y estilizada letra al instante, pero la
idea era tan descabellada que tuvo que desecharla.
“Los muertos no pueden escribir” se dijo a si mismo mientras
miraba el sobre “deja de pensar
estupideces” aun no lo había abierto, pero la curiosidad le estaba matando.
Sin poder aguatarlo más, rompió el sobre y sacó el pequeño trozo de papel que
contenía. Aquella letra otra vez, devolviéndole esperanzas y haciendo que su
corazón se acelerase como lo hacía tiempo atrás.
“John:
Azotea del St. Barts 12:30
~ SH”
Le
dio un vuelco el corazón. Algún bastardo estaba haciéndose pasar por Sherlock y
pretendía encontrarse con él esa misma mañana. Se quedó sentado en el sillón,
mirando la carta mientras meditaba qué hacer. La letra era exactamente igual a
la de Sherlock, pero estaba muerto, él mismo le había tomado el pulso. Miró su
reloj, solo cuatro horas hasta la cita. Tenía que decidir el siguiente paso.
Por un momento pensó en decírselo a Greg, pero descartó la idea rápidamente, no
quería preocuparle. Si era un impostor podría con él, era un ex-militar, podía
con ello. Pero por otro lado… ¿y si era Sherlock realmente? Una parte de sí
mismo siempre le dijo que seguía vivo, además, la letra era suya y si había
alguien capaz de resucitar, ese era Sherlock Holmes. Sintió un cosquilleo en la
boca del estómago y sonrió inconscientemente al pensar en él. Hacía mucho
tiempo que había asumido que siempre amaría a Sherlock. También quería a Greg,
era su pareja y le hacía feliz, incluso iban a casarse, pero Sherlock siempre
sería Sherlock. Su compañero, su mejor amigo, Su Sherlock. Fue a la cocina y se
sirvió una taza de té. Bebió un sorbo mientras recordaba todos los momentos que
habían pasado juntos. Decidió ir a la cita, pero aunque su cabeza le dijo que
no lo hiciera, su corazón no puedo evitar hacerse ilusiones. Miró su reloj de
nuevo, tres horas y media para la cita. Se metió a la ducha, se arregló y se
preparó para salir. No se olvidó de coger su pistola, solo por si acaso.
A
pesar de que tenía tiempo de sobra (solo necesitaba treinta minutos para llegar
al St. Barts, y tenía dos horas), salió de casa. Tenía que hacer una parada
previa.
Siempre
sentía un escalofrío desagradable cuando estaba allí. Acarició con las yemas de
los dedos el frío mármol negro de la lápida que tantas veces se había quedado
mirando durante tardes enteras. Recorrió con la mirada el grabado blanco que
rezaba el nombre de su mejor amigo.
–
¿Es real? – Le preguntó en voz altas a la nada – ¿Eres tú? – Suspiró derrotado
hundiendo los hombros – no entiendo nada, ¿qué me voy a encontrar cuando vaya a
esa maldita azotea? Sería algo muy cruel no encontrarte allí… para que negarlo,
deseo que estés allí… – miró a su alrededor, era tan temprano que estaba solo.
Se le llenaron los ojos de lágrimas y se quedó en silencio, mirando la tumba y
el reloj a intervalos hasta que le dio la hora para llegar al hospital.
Discretamente
apoyado en un árbol, lo bastante cerca para escuchar, pero lo bastante lejos
para no ser visto, estaba el hombre que llevaba toda la mañana tras los pasos
de John. Se frotaba las manos con nerviosismo. Secó una lágrima indiscreta y
volvió a su cara de póker. Salió corriendo de nuevo y, por primera vez en todo
el día, tomó una ruta diferente a la del ex-militar.
Las
doce y media dieron justo antes de que abriera la puerta de la azotea. Dudó un
segundo, pero salió con paso firme. El aire frío le golpeó en la cara, pero eso
no hizo que se achantara.
–
Por un momento dudé que vinieras – dijo una voz profunda demasiado conocida.
John avanzó un par de pasos hacia el hombre de espaldas que le estaba
esperando.
–
No puede ser – dijo incrédulo – es imposible… – lentamente, el hombre se giró
para encararle. Se encontró de lleno con aquellos ojos azules que parecían
contener el universo entero. Los rizos negros, algo más largos que la última vez
que los vio, se mecieron ligeramente con la brisa.
–
Hola, John – el ex-militar se quedó en estado de shock. Durante unos instantes
no supo cómo reaccionar.
–
Sherlock… – murmuró con voz temblorosa. Se acercó del todo y acarició sus
brazos, como tratando de comprobar que era real, y no una alucinación provocada
por las ganas de verle.
–
Soy yo, John… – susurró el moreno permitiéndose acariciar su hombros y su
rostro, secando delicadamente las lágrimas que bañaban el rostro del doctor.
–
Sherlock… – murmuró de nuevo entre hipidos, sintiéndose incapaz de pronunciar
cualquier otra palabra que no fuera su nombre. El detective asesor sonrió de
forma inusualmente tierna para él. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió
seguro y en paz. Al menos, hasta el momento en que el puño de John le giró la
cara.
–
Supongo que me lo merezco – dijo llevándose la mano a la zona dolorida.
–
¿Cómo pudiste abandonarme así? – acusó John recuperando la postura tras el
golpe.
–
Lo hice para protegerte – respondió Sherlock tratando de evitar un segundo
golpe.
–
¿Protegerme? – Le agarró de las solapas de la gabardina y le sacudió
violentamente – ¿Cómo ibas a protegerme dejándome solo? ¿Tienes idea de lo
mucho que te extrañado? ¿De cuánto me has hecho falta? – siguió sacudiéndole y golpeándole
en el pecho. Su llanto aumentaba y el moreno le dejó desahogarse – te fuiste,
me dejaste solo joder… – sus golpes perdieron fuerza, Sherlock le rodeó con los
brazos y John se aferró a su camisa, enterrando la cara en su pecho mientras
seguía llorando. Sherlock le acarició el pelo con cariño y gentileza.
–
Lo siento tanto John… – susurró apretando el abrazo – no puedes imaginar cuanto…
pero tuve que hacerlo, por ti… – trató de explicarse, había pensado mil veces
en qué le iba a decir en ese momento, pero ahora que podía sentir el calor de
John contra su cuerpo, que le llegaba su característico aroma y su suave pelo
le acariciaba la mejilla, le faltaban las palabras.
–
¿Por qué? – logró decir entre sollozos el doctor.
–
Moriarty te tenía en el punto de mira de un francotirador – explicó paseando
una mano por su espalda en una larga caricia – me amenazó con matarte, pero yo
sabía que lo haría, por eso fingí mi muerte, para que no te hiciera daño porque…
– se cortó a mitad de frase, sintiéndose incapaz de decirlo en voz alta. Sus
ojos se perdieron en la cristalina mirada de los de John. Tragó para intentar
pasar el nudo formado en su garganta.
–
¿Por qué, Sherlock? – estaban cerca, muy cerca, demasiado cerca. Podía sentir
su dulce aliento en el rostro y su agitada respiración contra su pecho. Su
corazón latía desbocado, como pretendiendo llegar al de John. Se quedaron simplemente
mirándose a los ojos hasta que Sherlock respiró hondo, cerró los ojos y apoyó
su frente en la de John, derrotado.
–
Porque te quiero, John – confesó en un suspiro cansado y aliviado. John sonrió
como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Llevó una mano al cuello de su
compañero y acarició la suave y pálida piel, sacándole un agradable estremecimiento.
Siguió ascendiendo hasta su rostro, donde la dejó para calentar la fría
mejilla.
–
Sé que pensarás que no tengo derecho a decírtelo ahora y que, además, estás con
Lestrade, que vais a… – tragó saliva y respiró hondo – que vais a casaros, pero…
–
sssh, calla Sherlock – siseó interrumpiéndole – no llores, por favor… – apenas
se había dado cuenta de que estaba llorando hasta que John no le secó las
lágrimas con extremada dulzura.
–
pero John… – trató de replicar en un sollozo ahogado.
–
Tranquilo, tranquilo… – volvió a cortarle – todo saldrá bien, te lo prometo –
no pudo evitar pensar en lo irónico de la situación: estar entre los brazos de
la persona que amaba, que acaba de confesarle su amor, y a quien estaba consolando
cuando debería ser al contrario – ahora que has vuelto nada puede salir mal,
Sherlock… – alzando la cabeza, juntó sus labios con los de Sherlock. Al
principio tuvo miedo de que se apartase, que volviera a marcharse, que sonara
el despertador y todo resultara ser un sueño. Pero los dedos de Sherlock
enredándose en su pelo y profundizando aquel beso apartaron cualquier duda de
su mente. Lo que al principio fue tímido y temeroso, se volvió en apenas un
segundo en algo apasionado y salvaje. Se devoraban el uno al otro con ansia y
necesidad, acariciando cada milímetro de piel que quedaba al descubierto.
Las
frías manos de Sherlock se colaron bajo su camisa, arrancándole gemidos de la
garganta que murieron en los labios del moreno. Cuando su chaqueta cayó al
suelo y el aire frío de Londres arañó su pecho semidesnudo, John detuvo las
ansiosas manos de Sherlock, que entendió lo que pasaba y le soltó con un
gruñido de protesta.
–
Lo sé – concedió el detective abrazándole de nuevo.
–
Tengo que hacer las cosas bien, con Greg, no puedo engañarle así, no se lo
merece – apoyó la cabeza en su hombro y con un suspiro pasó los brazos por su
cintura.
–
¿Le quieres? – preguntó, y John asintió con la cabeza – ¿Y a mí? ¿A mí me
quieres?
–
Lo hago, siempre lo he hecho y nunca dejaré de hacerlo… Te amo más que a nada,
Sherlock Holmes – el detective sonrió, su nombre sonaba como la música más
hermosa si salía de sus labios.
–
Te esperaré entonces, el tiempo que haga falta hasta que podamos estar juntos –
le besó la cabeza y apretó el abrazo.
–
Welcome back to London… – susurró John acercándose a sus labios justo antes de
volver a besarle. Sherlock sonrió dentro del beso.
Si,
definitivamente aquella era una bienvenida a Londres. La mejor bienvenida que
podían darle.

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