Juan
parecía cabreado esa mañana. Tanto él como Ojos-azules tenían heridas en ña
cara ¿Se habrían peleado? Miré a la pareja con curiosidad, Juan con el ceño
fruncido y cruzado de brazos y Ojos-azules con su habitual normalidad y calma.
—
¿Se puede saber qué te pasa?—preguntó Ojos-azules suspirando exasperado.
—
¿A mí? Nada—dijo Juan visiblemente molesto. Presté atención, esto se ponía
interesante.
—Estás
así desde ayer—suspira y se rasca la frente— ¿Es por Irene?—por su voz se
notaba que estaba arriesgándose mucho con aquella pregunta- ¿Quién era Irene?
¿Eso que se notaba en la mirada de Juan eran celos? Rio sarcástico.
—
¿Por qué iba a pasarme nada por esa mujer? ¿Simplemente porque estaba desnuda y
sobre ti cuando entré en la habitación?—sonreí disimuladamente, adoraba los
líos de faldas y ese parecía uno de los buenos. Cada vez estaba más intrigada
por esa Irene, por como hablaban de ella seguramente acabaran de conocerla,
pero eso de que estuviese desnuda y sobre Ojos-azules daba mucho que pensar
¿Sería una nueva novia? ¿Una novia secreta? Ciertamente pensaba que Ojos-azules
no era… de ese tipo. Apunté todo aquello en mi cuaderno y seguí escuchando.
Juan hablaba como entre dientes, enfadado.
—Ya
te lo expliqué y ya te lo dije. No. Es. Lo. Que. Parece—remarcó las últimas
palabras. Sonaba cansado, como si ya hubiese repetido lo mismo muchas veces.
—Que
sí, que vale—Juan trató de cortar la conversación y Ojos-azules se rascó los
lagrimales. Le escuché decir algo en inglés, pero no pude entenderle. Juan
mantuvo la vista fija en el exterior mientras las estaciones se sucedían con
rapidez. Sentí ganas de preguntar más detalles sobre aquella mujer y la
relación que tenía con ellos, pero me mordí la lengua para no soltar ni una
palabra. No dijeron nada más hasta que nos bajamos en Atocha, aunque vi como
discutían cuando se montaron en su segundo tren.
Al
día siguiente Juan parecía igual de enfadado. Fue entonces cuando escuché aquel
gemido de mujer. Ojos-azules sacó su teléfono ante la sorprendida mirada de
todos los presentes. No respondió al mensaje que había recibido, pero Juan no
pudo evitar saltar.
—Joder
¿otro?—resopló enfadado—con ese van cuarenta y dos…
—
¿Los has contado?—Ojos-azules se rio y Juan se sonrojó.
—
¿Qué es lo que quiere?—preguntó intentando desviar la conversación.
—Cenar
conmigo—se encogió de hombros como si fuera lo más normal del mundo. La voz de
megafonía no me dejó escuchar la respuesta. Aunque había mejorado mis
habilidades para leer los labios no pude descifrar lo que dijo Juan, aunque por
cómo miró a Ojos-azules deduje que algo muy poco agradable. Llegó otro mensaje
y al poco otro. Juan cada vez estaba más irritado, hasta que a la altura de
Vallecas, explotó.
—
¡O le quitas el sonido a tu estúpido teléfono o me cabio de vagón!—gritó. Todo
el mundo se le quedó mirando. Sabía que Juan era temperamental, y la irritación
y frustración que el otro chico le provocaba a veces le había causado pasar
vergüenza en el tren o en Atocha en más de una ocasión. Pero aquella vez era
diferente. Aquella vez estaba realmente enfadado y triste. ¿Acaso sentía que
Ojos-azules le estaba dando de lado por esa tal Irene? Me enfadé con
Ojos-azules, incluso le miré con malos ojos y no aparté la vista cuando
correspondió con una mirada similar. Con el paso de los meses había comenzado a
sentir que ese chico y yo conectábamos y de vez en cuando me permitía esos
pequeños lujos como mirarle con reproche o suspirar sonoramente para que
supiera mi opinión sobre algunos asuntos.
Antes
de que pudiera responder nada, llegó otro mensaje y Juan le miró con un
profundo dolor en los ojos. Aquellos ojos que ahora parecían de un verde más
oscuro y que eran demasiado expresivos como para dejar indiferente al frío
Ojos-azules, que dibujó una expresión de terror en la cara cuando se dio cuenta
de que las amenazas de Juan no se quedarían en meras palabras, no esta vez. A
lo largo de la historia de mi pequeña obsesión, había podido comprobar como
Juan solía amenazar a Ojos-azules cada vez que este le molestaba o le crispaba,
pero casi siempre se limitaba a mirar por la ventana un par de minutos y no
podía resistirse a perdonarle cuando el moreno decía su nombre con una clara y
fingida pena en la voz. Tengo que decir que Ojos-azules demostró ser un gran
actor. Aunque aquella vez noté que su miedo era real, no podría resistir que
Juan se marchase o se enfadase de verdad con él. Le necesitaba. Y aunque no
sabía de su vida más que lo que había podido averiguar en mi pequeño y absurdo
juego detectivesco, era bastante seguro que Juan era la única persona
importante y en quien confía del mundo. Ojos-azules era un lobo solitario y
Juan podría ser como la luna llena que le mantenía cuerdo, esa fuerza que le
ataba al mundo de los humanos cada vez que su mente de genio pretendía
alejarle. Y aunque todo eso solo eran conclusiones mías, habría puesto mi mano
en el fuego por ello.
Juan
se levantó y empezó a alejarse.
—
¡Juan no! ¡Espera!—Ojos-azules le agarró del brazo. Se miraron a los ojos un
segundo y Juan terminó por zafarse y cambiarse de vagón. Por suerte, la
siguiente parada era Atocha y Ojos-azules salió corriendo a buscarle. No tardé
ni un minuto en salir también para ver qué pasaba.
Desde
mi andén pude ver como Juan se alejaba por el suyo. Tuve que avanzar un poco
para no perderme nada.
—
¡JUAN!—su gritó resonó por toda la estación y sonreí al ver como Ojos-azules
corría tras Juan, que se giró a mirarle justo cuando notó que estaba llegando
hasta él. El tiempo pareció ralentizarse mientras Ojos-azules cogía el rostro
de Juan entre sus grandes manos y hacía desaparecer la distancia entre sus
labios y los del otro chico. Juan parecía sumido en un remolino de emociones e
intentó romper aquel beso, pero pude ver entre las ventanas del tren que
acababa de llegar como terminaba por rendirse t rodear el cuello de Ojos-azules
con los brazos y, aunque bien pudo ser una impresión mía formada por las ganas
que tenía de que aquello fuese real, me pareció que sonreía.
Aquel
día estuve de buen humor toda la mañana. Llevaba meses sospechando lo que
sentían el uno por el otro. Sobre todo desde que noté que Ojos-azules agarraba
discretamente el filo del abrigo de Juan sin que se diese cuenta siempre que
podía. Estaba deseando que acabasen juntos.
A
la mañana siguiente, cuando Juan subió al tren, no dieron ninguna pista de lo
que pudo pasar después de que se subieran al otro tren. Cuando el teléfono de
Ojos-azules volvió a sonar, Juan apartó la mirada, como tratando de evitar el
enfrentamiento. Ojos-azules le agarró la mano.
—Ya
te he dicho que no es nada, creí que lo que te dije ayer lo había dejado claro…
no estés celoso—susurró sin mirarle.
—No
lo estoy—y aunque dijo eso estrechó su mano. Ojos-azules sonrió, pero no dijo
nada. Sonreí alegre con esa frase. No sabía a qué se refería con “lo que te
dije ayer” pero mi mente fantaseó con mil monólogos muy románticos al respecto.
Durante
las siguientes semanas el único cambio que noté es que siempre iban de la mano,
aunque no se miraran o se dirigieran la palabra sus manos siempre se tocaban.
Me sorprendió un día que tuve que coger un tren un par de horas antes de lo
normal por un examen y me encontré con Ojos-azules allí. Nos miramos como
siempre y Juan no subió en su parada. La verdad es que poco pude notar porque
iba demasiado dormida como para ponerme a sacar conclusiones. Ese día en Atocha
se quedó esperando en el andén del tren al aeropuerto en lugar de su andén
habitual.
Cuando
subí al tren ojos azules estaba con la mirada perdida en el asiento vació de en
frente abrazo a un estuche de violín. A su lado había varias partituras
escritas a mano. ¿Tocaba el violín? ¿Había compuesto él aquellas canciones? La
mirada que me dirigió aquel día fue tan triste que sentí que se me encogía el
corazón al verla. Por un impulso, me acerqué y me senté a su lado. No dije
nada, oficialmente éramos dos perfectos desconocidos. Subí los pies al asiento
vacío frente a mí y no saqué mi cuaderno como muestra de apoyo. Desde aquel
momento pasaron varios días en que aquella mirada triste no se apartó de su
rostro. Un día, simplemente dejó de aparecer. En relación con esto, escuché una
conversación de Juan por teléfono.
—Tienes
que hacer que entre en razón…—esperó a escuchar la respuesta de su
interlocutor—pero es tu hermano… sé que dijiste que te ocuparías de ello, pero
no hace nada más que componer canciones tristes… tienes que decirle que está
muerta… si, lo sé, me dijo que volvía a Londres unos días para arreglar unos
asuntos y despejarse… de acuerdo, quedamos en el café junto a mi casa esta
tarde para que me lo expliques… — ¿Irene estaba muerta? Todo en mi cabeza
encajó, aquellos días en que Ojos-azules parecía sumido en la más horrible de
las depresiones. Me sentí realmente mal por él, y también me sentí impotente
por seguir siendo esa perfecta desconocía que no podía hacer nada para ayudar,
aunque creo que por su forma de ser aunque hubiese sido su mejor amiga no
habría podido hacer mucho.
Cuando
Ojos-azules volvió de su viaje todo pareció volver a la normalidad. Juan y él
seguían con sus casos y sus investigaciones. Durante varias semanas ambos
dejaron de ir en tren y temí no volver a encontrármelos. Me relajé cuando leí
que los asesores (hacía mucho que ya no les llamaban informadores) de la
policía estaban en Ciudad Real con un nuevo caso.
Tras
aquel caso, del que habían vuelto incluso más unidos que antes, el nombre de
“Jaime” empezó a sonar más a menudo. Sin embargo, siempre era Juan quien lo
decía, y Ojos-azules solía amonestarle por ello. Sabía que yo estaba escuchando
y no quería que yo me enterara, aquel caso debía ser especialmente peligroso y
se estaba volviendo muy celoso de su intimidad. Solo supe que Jaime era el malo
de aquella película, el mismo que había envuelto a Juan en bombas muchos meses
antes y que ahora estaba habiendo lo mismo con más personas. Una explosión aquí
y allá, una bastante cerca de lo que descubrí que era la zona donde vivía
Ojos-azules (y de la que estuvo demasiado cerca), chantajes, límites de tiempo…
ni ellos ni las noticias me daban demasiadas pistas, solo sabía que se estaba
poniendo cada vez más complicado hasta que ocurrió lo inevitable.
Lo
leí en un periódico abandonado en un asiento cuando subí en el tren. No podía
creerlo, reconocí las caras y los edificios en las fotos pero aquello tenía que
ser una broma mala. Se me escapó una lágrima cuando me senté pero logré
recomponerme. El Torrejón, Juan subió en el tren. Nunca me había mirado, pero
aquella vez vino directamente a por mí.
—Tu—me
dijo sentándose frente a mí.
—
¿Te conozco?—intenté disimular lo mejor posible.
—Sé
que sí—entrecerró los ojos y me miró muy serio. Los tenía enrojecidos, había
estado llorando—quiero los cuadernos que has estado escribiendo sobre nosotros.
—No
sé de qué me estás hablando—me encogí de hombros.
—
¡No te pases de lista, no estoy para juegos de crías!—me sorprendió la
ferocidad con la que me habló y me asusté. Saqué de mi cartera las hojas que me
pedía, a pesar de lo que pueda parecer no eran demasiadas. Cuando las tuvo
entre las manos y leyó las primeras líneas pareció relajarse.
—Supongo
que ya te has enterado…—dijo en un tono de voz más tranquilo y triste.
—Sí,
lo he leído en el periódico—no merecía la pena seguir mintiendo—se ha
suicidado, todos dicen que era un fraude.
—
¿Y tú que crees?—me preguntó. Sentí la presión de lo que conllevaba aquella
respuesta. Lo que dijera podría hundirle en la miseria o ayudarle a pasar por
la muerte de Ojos-azules.
—Yo
creo en él, no era un fraude, era brillante—me limité a ser sincera y decir en
voz alta lo primero que pasó por mi mente cuando leí los motivos de su
suicidio. Decían que la presión de llevar la gran mentira de ser un genio
asesor de la policía había podido con él, que era el verdadero culpable de
todos los casos que había resuelto. Juan sonrió de lado y me miró. No dijo
nada, pero supe que agradeció mis palabras y yo agradecí poder ayudarles.
—
¿Por qué nos espiaste? Tanto tiempo escuchando y sacando conclusiones…
—Me
miró—le interrumpí—una mañana me miro con esos ojos que tenía, como si supiese
mis secreto y… simplemente necesitaba saber más… —sonreí al acordarme de aquel
día.
—Sé
cómo te sientes—los dos reímos recordándole. Juan se levantó y se despidió con
un gesto de la mano, alejándose con mis notas y cambiándose de vagón. Cerré los
ojos y suspiré, mi pequeña aventura había terminado de forma trágica. O eso
creía yo.
Cuando
escuché el portazo que daba la puerta del vagón tras Juan, sonó mi teléfono. Lo
saque del bolsillo y miré la pantalla. Acababa de recibir un mensaje de un
número bloqueado.
“Gracias
por darle tus notas. Vigílale.
.—Ojos-azules”
Sonreí
llevándome el teléfono a los labios. Cómo le había escuchado decir en alguna
ocasión: The game is on.

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