miércoles, 5 de febrero de 2014

Tu, él y el tren

No esperaba encontrarme con la mirada de aquellos ojos azules y fríos como el hielo mirándome desde el otro lado del vagón. Aquel chico, que sería poco mayor que yo, bien vestido, con una bufanda anudada al cuello y un abrigo de paño negro, que me miraba como atravesándome, como si conociera todos y cada uno de mis secretos más oscuros. Ya estaba sentado cuando yo llegué, por lo que supuse que vendría de la estación central de Alcalá, justo la anterior a la mía y la primera de aquella línea.
Aparté la vista, sonrojada por la intensidad de aquellos ojos. Él sonrió satisfecho, pude verlo antes de intentar concentrarme en mi libro, aunque no tardé en asumir que era imposible. No me di cuenta de cuando exactamente llegó el otro chico. Retazos de su conversación llegaron a mis oídos, aplacados por el ruido del traqueteo del tren y la irritante voz de la señora que anunciaba las paradas.
— No me puedo creer que considerándolo un juego — dijo el nuevo con tono irritado. Era rubio, con los ojos verdes y ancho de hombros, se notaba que hacía ejercicio y se sentaba erguido, casi como si estuviera formando.
— Juan, por favor, no empieces con eso otra vez — respondió cansado Ojos-azules. ¿De qué estarían hablando? Mi curiosidad sin límite me obligó a prestar atención, a pesar de que eso no era lo más correcto.
—Es que no puedo llegar a entenderlo, joder—Juan respiró hondo para calmarse—acabará en desgracia, estoy seguro—no pude escuchar la respuesta por la voz de la megafonía hablando de promociones en trenes especiales. Maldije a Renfe y a todos los que tuvieron algo que ver en su invención.
Llegamos a Atocha y los tres bajamos del tren. Ellos se fueron por unas escaleras diferentes a las mías y ya no pude conocer más de su historia, aunque pude distinguir cómo seguían discutiendo en el andén frente al mío.
Me pasé el día dándole vueltas a lo que había escuchado, necesitaba saber cómo continuaba todo aquello. Por la noche, escribí sobre ellos, describí lo que había visto y oído.
Al día siguiente me aseguré de volver a coincidir con aquel moreno en el vagón. Además, procuré sentarme más cerca. De alguna forma creo que él sabía lo que estaba haciendo. De nuevo me miró con aquellos ojos que parecían saberlo todo. Apenas duró un segundo, pero pude notas aquel conocido calor en mis mejillas.
En Torrejón subió Juan y muchas cosas quedaron claras. Allí estaba la base de los Paracas, seguramente fuera a una academia militar o viniera de una familia de militares. Se sentó de nuevo junto a Ojos-azules y me dediqué a fingir que leía. Estuvieron en silencio muchas paradas, incluso me atrevería a apostar que Juan llegó a quedarse dormido.
—Ayer estuviste increíble—dijo Ojos-azules de repente.
— ¿A qué te refieres?—Juan parecía confundido, eso me indicó que era modesto y humilde.
—El caso, no lo habría logrado sin ti—vi como sonreía un poco, un gesto que me resultó entrañable.
—Espera… ¿me estás haciendo un cumplido? ¿Tu?—Juan parecía incrédulo—no fue para tanto…
—Claro que sí, no soy nada sin mi blogger—di un gritito de felicidad y ambos me miraron. Bueno, en realidad todo el vagón me miro. Deseé con todas mis fuerzas que me tragase la tierra mientras todo el mundo volvía gradualmente a lo que fuera que estuviese haciendo antes de que yo hiciese el ridículo tan horriblemente. En el fondo tampoco quise contenerme, había un blog, ¡Juan escribía un blog! Tenía que encontrarlo fuera como fuese.
Un día más, llegamos a Atocha y cada uno escogimos nuestro camino. Me pasé el día intentando encontrar el blog de Juan, pero no conseguí nada, ¿Qué esperaba? Solo tenía un nombre y una buena historia entre manos. Por la noche continué lo escrito el día anterior.
Pasaron los días de la misma forma. Cada vez conocía más detalles de la historia de Juan y Ojos-azules. Me volví más descarada, sacaba un cuaderno y hacía como que estudiaba mientras transcribía sus conversaciones. Estaba enganchada, era como una droga, como un libro más misterioso a cada página y que no puedes parar de leer. Descubrí que iban juntos a la universidad. Juan estudiaba medicina y había estudiado en un instituto militar y Ojos-azules estaba haciendo química y criminología. Tenía una mente brillante, era increíblemente inteligente y observador. Había demostrado en muchas ocasiones que podía adivinar todos los detalles de la vida de una persona solo con darle un ligero vistazo. Aquello me asustaba, ¿y si se había dado cuenta de lo que estaba haciendo? Siempre sospeché que lo sabía, pero nunca me dijo nada. Nuestro único contacto se basaba en aquella penetrante mirada que me dedicaba cuando entraba en el tren, esos segundos de mutua compresión que me hacían sentir desnuda y vulnerable ante el poder de esos intensos ojos de hielo y el juicio de aquella mente prodigiosa que había conseguido que centrar mi vida en descubrir hasta el último detalle de la vida de ese intrigante personaje y su eterno compañero de tren y blogger. Descubrí que aquellos “casos” eran investigaciones que hacían. Al principio pensé que será algún tipo de juego de detectives, pero luego empecé a reconocer algunos detalles en las noticias ¿Había descubierto yo a aquellos misteriosos asesores de la policía y de los que nadie conocía la identidad? Me sentí importante, parte de un gran secreto de Estado. También me entere de que Ojos-azules era británico pero que había pasado la mayor parte de su vida en España. Su nombre seguía siendo un gran misterio para mí, me frustraba que Juan nunca lo dijera ¿no podía ser un poco más solidario con las jóvenes cotillas como yo?
Llegó un nuevo día. Apenas habían hablado en todo el trayecto cuando Juan por fin rompió el silencio.
— ¿Es en serio?—dijo mirándole alzando una ceja.
—Sí—respondió cortante, se le notaba irritado.
—Pero cómo no puedes saberte el sistema solar, eso se aprende en primaria—seme quedaron los ojos como platos, ¿Cómo no podía saberse algo tan sencillo como eso?
—No me hace falta saber eso, mi cerebro es como un ordenador, borro la información inútil para quedarme con aquello que verdaderamente puedo usar—le miré de reojo, se había puesto muy serio.
— ¡Pero son los planetas!—entonces lo escuché. El sonido más dulce que jamás había llegado a mis oídos. Suave peo a la vez intensa, la risa de Juan te envolvía, ligera y melódica. Levanté la mirada sorprendida, aquel sonido perfecto llamó la atención de todo el vagón. Pude notar como Ojos-azules se sonrojaba levemente, aunque bien pudo ser una ilusión creada por las luces irregulares del tren.
La vida siguió como normalmente muchas mañanas más, las noticias que se relacionaban con los casos de los que hablaban cada vez eran más numerosas y mi información sobre ambos crecía exponencialmente.
Una mañana, Ojos-azules estaba sentado, como siempre, pero estaba cabizbajo, triste. Me senté en el mismo grupo de asientos en el que estaba él y saqué mi cuaderno. La mirada que normalmente me dirigía no se produjo y me preocupe ¿Qué había pasado que tuviese así a mi genio? En Torrejón, Juan subió y se sentó junto a él, justo frente a mí. Se produjo un silencio incómodo que me mantuvo en tensión.
— ¿Cómo estás?—preguntó Ojos-azules sin mirarle todavía, sus manos temblaban ligeramente.
—Bien, supongo—Juan tampoco le miraba— ¿Y tú?
—No soy yo quién me preocupa—Ojos-azules suspiró cansado.
—Pero a mí sí que me preocupas—agradecí haberme sentado más cerca porque apenas hablaban en un susurro quedo. Al mismo tiempo me sentí mal por escuchar una conversación tan personal. Sin embargo, no dejé de copiar lo que decían disimuladamente. Vi como Ojos-azules agarraba con dos dedos el borde del abrigo de Juan, gesto que seguramente el chico ni notó. Sus manos seguían temblando ligeramente y su mirada estaba clavada en algún punto indefinido del suelo. Su labio inferior también temblaba cuando hablaba y sus ojos, parcialmente tapados por su flequillo negro y despeinado, mostraron por una vez un sentimiento de incertidumbre.
—Cuando te vi allí, cubierto por aquel chaleco de bombas yo… Juan yo… siento muchísimo haberte metido en todo esto—murmuró con un deje de tristeza en la voz. Sentí como me quedaba sin respiración un segundo ¿había dicho chaleco de bombas?

—Me salvaste, eso es lo único que importa—contestó Juan restándole importancia—lo importante es que Jaime no nos mató a ninguno de los dos y ya está… si te hubiera hecho algo…—dejó la frase en el aire, dejando que la completáramos en nuestra cabeza. Ojos-azules se quedó en silencio, agarrando aun el abrigo de Juan sin que este lo supiera. Me mordí el labio, estaba jugando con unos sentimientos mucho más profundos de lo que yo podría llegar a entender. Una unión que había leído mil veces y que había visto el cientos de películas pero que no creí que existiera en la vida real. Cerré el cuaderno, mostrando así como les daba intimidad en esa pequeña relación que había formado en mi cabeza.



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