No
esperaba encontrarme con la mirada de aquellos ojos azules y fríos como el
hielo mirándome desde el otro lado del vagón. Aquel chico, que sería poco mayor
que yo, bien vestido, con una bufanda anudada al cuello y un abrigo de paño
negro, que me miraba como atravesándome, como si conociera todos y cada uno de
mis secretos más oscuros. Ya estaba sentado cuando yo llegué, por lo que supuse
que vendría de la estación central de Alcalá, justo la anterior a la mía y la
primera de aquella línea.
Aparté
la vista, sonrojada por la intensidad de aquellos ojos. Él sonrió satisfecho,
pude verlo antes de intentar concentrarme en mi libro, aunque no tardé en
asumir que era imposible. No me di cuenta de cuando exactamente llegó el otro
chico. Retazos de su conversación llegaron a mis oídos, aplacados por el ruido
del traqueteo del tren y la irritante voz de la señora que anunciaba las
paradas.
—
No me puedo creer que considerándolo un juego — dijo el nuevo con tono
irritado. Era rubio, con los ojos verdes y ancho de hombros, se notaba que
hacía ejercicio y se sentaba erguido, casi como si estuviera formando.
—
Juan, por favor, no empieces con eso otra vez — respondió cansado Ojos-azules.
¿De qué estarían hablando? Mi curiosidad sin límite me obligó a prestar
atención, a pesar de que eso no era lo más correcto.
—Es
que no puedo llegar a entenderlo, joder—Juan respiró hondo para calmarse—acabará
en desgracia, estoy seguro—no pude escuchar la respuesta por la voz de la
megafonía hablando de promociones en trenes especiales. Maldije a Renfe y a
todos los que tuvieron algo que ver en su invención.
Llegamos
a Atocha y los tres bajamos del tren. Ellos se fueron por unas escaleras
diferentes a las mías y ya no pude conocer más de su historia, aunque pude
distinguir cómo seguían discutiendo en el andén frente al mío.
Me
pasé el día dándole vueltas a lo que había escuchado, necesitaba saber cómo
continuaba todo aquello. Por la noche, escribí sobre ellos, describí lo que
había visto y oído.
Al
día siguiente me aseguré de volver a coincidir con aquel moreno en el vagón.
Además, procuré sentarme más cerca. De alguna forma creo que él sabía lo que
estaba haciendo. De nuevo me miró con aquellos ojos que parecían saberlo todo. Apenas
duró un segundo, pero pude notas aquel conocido calor en mis mejillas.
En
Torrejón subió Juan y muchas cosas quedaron claras. Allí estaba la base de los Paracas, seguramente fuera a una
academia militar o viniera de una familia de militares. Se sentó de nuevo junto
a Ojos-azules y me dediqué a fingir que leía. Estuvieron en silencio muchas
paradas, incluso me atrevería a apostar que Juan llegó a quedarse dormido.
—Ayer
estuviste increíble—dijo Ojos-azules de repente.
—
¿A qué te refieres?—Juan parecía confundido, eso me indicó que era modesto y
humilde.
—El
caso, no lo habría logrado sin ti—vi como sonreía un poco, un gesto que me
resultó entrañable.
—Espera…
¿me estás haciendo un cumplido? ¿Tu?—Juan parecía incrédulo—no fue para tanto…
—Claro
que sí, no soy nada sin mi blogger—di un gritito de felicidad y ambos me
miraron. Bueno, en realidad todo el vagón me miro. Deseé con todas mis fuerzas
que me tragase la tierra mientras todo el mundo volvía gradualmente a lo que
fuera que estuviese haciendo antes de que yo hiciese el ridículo tan
horriblemente. En el fondo tampoco quise contenerme, había un blog, ¡Juan
escribía un blog! Tenía que encontrarlo fuera como fuese.
Un
día más, llegamos a Atocha y cada uno escogimos nuestro camino. Me pasé el día
intentando encontrar el blog de Juan, pero no conseguí nada, ¿Qué esperaba?
Solo tenía un nombre y una buena historia entre manos. Por la noche continué lo
escrito el día anterior.
Pasaron
los días de la misma forma. Cada vez conocía más detalles de la historia de
Juan y Ojos-azules. Me volví más descarada, sacaba un cuaderno y hacía como que
estudiaba mientras transcribía sus conversaciones. Estaba enganchada, era como
una droga, como un libro más misterioso a cada página y que no puedes parar de
leer. Descubrí que iban juntos a la universidad. Juan estudiaba medicina y
había estudiado en un instituto militar y Ojos-azules estaba haciendo química y
criminología. Tenía una mente brillante, era increíblemente inteligente y
observador. Había demostrado en muchas ocasiones que podía adivinar todos los
detalles de la vida de una persona solo con darle un ligero vistazo. Aquello me
asustaba, ¿y si se había dado cuenta de lo que estaba haciendo? Siempre
sospeché que lo sabía, pero nunca me dijo nada. Nuestro único contacto se
basaba en aquella penetrante mirada que me dedicaba cuando entraba en el tren,
esos segundos de mutua compresión que me hacían sentir desnuda y vulnerable
ante el poder de esos intensos ojos de hielo y el juicio de aquella mente
prodigiosa que había conseguido que centrar mi vida en descubrir hasta el
último detalle de la vida de ese intrigante personaje y su eterno compañero de
tren y blogger. Descubrí que aquellos “casos” eran investigaciones que hacían. Al
principio pensé que será algún tipo de juego de detectives, pero luego empecé a
reconocer algunos detalles en las noticias ¿Había descubierto yo a aquellos
misteriosos asesores de la policía y de los que nadie conocía la identidad? Me sentí
importante, parte de un gran secreto de Estado. También me entere de que
Ojos-azules era británico pero que había pasado la mayor parte de su vida en
España. Su nombre seguía siendo un gran misterio para mí, me frustraba que Juan
nunca lo dijera ¿no podía ser un poco más solidario con las jóvenes cotillas
como yo?
Llegó
un nuevo día. Apenas habían hablado en todo el trayecto cuando Juan por fin rompió
el silencio.
—
¿Es en serio?—dijo mirándole alzando una ceja.
—Sí—respondió
cortante, se le notaba irritado.
—Pero
cómo no puedes saberte el sistema solar, eso se aprende en primaria—seme quedaron
los ojos como platos, ¿Cómo no podía saberse algo tan sencillo como eso?
—No
me hace falta saber eso, mi cerebro es como un ordenador, borro la información
inútil para quedarme con aquello que verdaderamente puedo usar—le miré de
reojo, se había puesto muy serio.
—
¡Pero son los planetas!—entonces lo escuché. El sonido más dulce que jamás había
llegado a mis oídos. Suave peo a la vez intensa, la risa de Juan te envolvía,
ligera y melódica. Levanté la mirada sorprendida, aquel sonido perfecto llamó
la atención de todo el vagón. Pude notar como Ojos-azules se sonrojaba
levemente, aunque bien pudo ser una ilusión creada por las luces irregulares
del tren.
La
vida siguió como normalmente muchas mañanas más, las noticias que se
relacionaban con los casos de los que hablaban cada vez eran más numerosas y mi
información sobre ambos crecía exponencialmente.
Una
mañana, Ojos-azules estaba sentado, como siempre, pero estaba cabizbajo,
triste. Me senté en el mismo grupo de asientos en el que estaba él y saqué mi
cuaderno. La mirada que normalmente me dirigía no se produjo y me preocupe ¿Qué
había pasado que tuviese así a mi genio? En Torrejón, Juan subió y se sentó
junto a él, justo frente a mí. Se produjo un silencio incómodo que me mantuvo
en tensión.
—
¿Cómo estás?—preguntó Ojos-azules sin mirarle todavía, sus manos temblaban
ligeramente.
—Bien,
supongo—Juan tampoco le miraba— ¿Y tú?
—No
soy yo quién me preocupa—Ojos-azules suspiró cansado.
—Pero
a mí sí que me preocupas—agradecí haberme sentado más cerca porque apenas
hablaban en un susurro quedo. Al mismo tiempo me sentí mal por escuchar una
conversación tan personal. Sin embargo, no dejé de copiar lo que decían
disimuladamente. Vi como Ojos-azules agarraba con dos dedos el borde del abrigo
de Juan, gesto que seguramente el chico ni notó. Sus manos seguían temblando
ligeramente y su mirada estaba clavada en algún punto indefinido del suelo. Su
labio inferior también temblaba cuando hablaba y sus ojos, parcialmente tapados
por su flequillo negro y despeinado, mostraron por una vez un sentimiento de
incertidumbre.
—Cuando
te vi allí, cubierto por aquel chaleco de bombas yo… Juan yo… siento muchísimo haberte
metido en todo esto—murmuró con un deje de tristeza en la voz. Sentí como me
quedaba sin respiración un segundo ¿había dicho chaleco de bombas?
—Me
salvaste, eso es lo único que importa—contestó Juan restándole importancia—lo importante
es que Jaime no nos mató a ninguno de los dos y ya está… si te hubiera hecho
algo…—dejó la frase en el aire, dejando que la completáramos en nuestra cabeza.
Ojos-azules se quedó en silencio, agarrando aun el abrigo de Juan sin que este
lo supiera. Me mordí el labio, estaba jugando con unos sentimientos mucho más
profundos de lo que yo podría llegar a entender. Una unión que había leído mil
veces y que había visto el cientos de películas pero que no creí que existiera
en la vida real. Cerré el cuaderno, mostrando así como les daba intimidad en
esa pequeña relación que había formado en mi cabeza.

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