miércoles, 5 de junio de 2013

Hijos de la Barricada

<< Nunca entendí porque todos los años este era un día triste. Normalmente, un sol radiante se imponía en un cielo totalmente despejado, soplaba una suave y fresca brisa que hacía que el ambiente fuera muy agradable. Los pájaros cantaban ajenos a todo en el cielo y todos los colores parecían más brillantes. Sin embargo, todo aquello que me encontraba desde que me despertaba recordaba a la muerte.
Nunca entendí porque mi madre salía de casa temprano con un ramo de margaritas y rosas blancas en la mano, porque mi padre se pasaba las horas mirando la bandera roja que tenía guardada en una caja, ni por qué Celle se negaba a salir de la habitación secreta que todos sabemos que tiene en lo alto de la torre del reloj.
El único que quería pasar algo de tiempo conmigo era Jul, y aun así la mayoría del tiempo me la pasaba como hablando solo, porque él se quedaba mirando por la ventana, ausente, con la cabeza perdida en pensamientos que iban más allá de lo que mi mente se podía imaginar. Siempre que le preguntaba evitaba mis preguntas. Incluso Aine y la buena de Nana no querían responderme. “Es mejor que te mantengas al margen, pequeño” decía Nana acariciándole el pelo “Es mejor vivir en la ignorancia”.
Una vez, cuando solo tenía diez años, me crucé con Lotte cuando salía de un mesón de mala muerte, botella en mano. “Tu no deberías quejarte” le dijo alargando las vocales como todo buen borracho “si tanto quieres enterarte ves a preguntarle a tus padres los burguesitos…” y tras eso se marchó tambaleante a quién sabe donde. Cuando después les pregunté a mis padres, lo único que obtuve fue una bofetada de mi padre y un castigo de mi madre. Nunca volvía a mencionarles el tema.
Nombres como Eponine, Grantaire, Amice, Enjorlas y en general Les Amis, no me eran desconocidos. Sabía que eran los padres de Mar, Azelma, Owain, Ari, Jul, Celle y el tal Sille, al que solo había visto una vez, pero del que había oído hablar mucho por Celle. También sabía que estaban muertos.
Cada cinco de junio, sobre todo cuando era pequeño y solo veía caras largas a mi alrededor, solo podía enfadarme con todo y todos. Les odiaba porque nadie me contaba nada, nadie me decía que había pasado antes de que yo naciera para que todos estuvieran así, y les odiaba porque todos intentaban apartarme ese día. Ahora, que soy más mayor y tengo capacidad de razonar, y aunque aún no he sido capaz de averiguar todo lo que pasó, sé que les dolía verme porque mis padres si que estaban vivos. No les culpo, ya no. No podría hacerlo.
Ahora, que me considero un hombre maduro y que conozco aunque sea una parte de lo que pasó en aquella fatídica noche no puedo más que desear haberles conocido. Me habría gustado poder aprender de ellos, entender porque todos se ponen tan tristes… pero no, todos decidieron que yo no podía saberlo porque no lo entendería. Deben pensarse que yo no perdía nada esa noche pero si que lo hice, si que perdí gente.
Perdí a los hermanastros de mi madre, a los amigos de mi padre. A todos aquellos que podrían haberme querido, a los que habrían sido mi familia. Perdí, aunque aun me cueste entenderlo, a quien habría sido también mi madre. Y además, me quedé sin todos aquellos que si han sido mi familia, porque me ocultaron secretos aunque fuera para protegerme y, aunque solo sea un día al año, me dejan solo.
Por esto  no podía dejar de venir hoy a traeros una flor, porque hoy después de tantos años al fin vengo a presentarme, por fin averigüé dónde estabais.

Soy Jean Luca Pontmercy, y también soy un hijo de la barricada.>>

 Tras decir aquello, JeanLu dejó una flor diferente en cada una de las tumbas y se dio media vuelta para volver a su casa.

viernes, 26 de octubre de 2012

Welcome back to London

Hola holitaaa!!!! bueno aquí os dejo un relatillo Johnlock (es yaoi ChicixChico, luego no digais que no avise)  que espero que os guste mucho mucho mucho porque puedo decir que estoy muy orgullosa del resultado.

Va dedicado a @Dbutterthing como premio por descifrar el primero de los códigos que preparé en cabreados. Espero que lo disfrutes guapisima que te lo has ganado con todas las de la ley!!


Welcome Back to London:

Londres amaneció envuelto en una blanca niebla. El frío caló hasta los huesos de la esbelta figura que se vislumbraba al otro lado de la calle. Sacó un cigarro del bolsillo y se lo encendió, dando una larga calada. Estaba dejando de fumar, pero los nervios de la situación le pedían nicotina.
Aun era demasiado pronto, tal vez las cinco o las seis de la mañana, pero no le importaba tener que esperar a que se despertara. Había esperado dos años, podía esperar un par de horas más. Cerca de las siete, cuando la calle comenzó a llenarse de gente yendo a trabajar, la puerta del 221B de Baker Street se abrió. El Detective Inspector Gregory Lestrade se arreglaba la corbata mientras salía. El observador frunció el ceño, encendiéndose otro cigarro. Entonces le vio. John Waston salió del piso llamando a Lestrade con un grito. Sintió como le dio un vuelco el corazón. El policía se giró y le sonrió mientras cogía el maletín que le tendía el doctor. Se dieron un corto beso en los labios y el inspector siguió su camino hacia Scotland Yard. Aquel era su momento.
Cuando John cerró la puerta, tiró el cigarro al suelo y lo pisó para apagarlo. Esperó a que dejaran de pasar coches y se detuvo frente a la puerta. Sacó una carta del bolsillo, un sencillo sobre amarillento con la palabra “John” escrita en el frente. Tocó con los nudillos y metió el sobre por debajo de la puerta. Antes de que abriera, se alejó del lugar con paso rápido.
Aquello había sido raro. Cuando abrió la puerta y no había nadie, se le despertaron todas las alarmas. Y luego estaba aquella carta. Aquella imposible e intrigante carta. Había reconocido la elegante y estilizada letra al instante, pero la idea era tan descabellada que tuvo que desecharla.
“Los muertos no pueden escribir” se dijo a si mismo mientras miraba el sobre “deja de pensar estupideces” aun no lo había abierto, pero la curiosidad le estaba matando. Sin poder aguatarlo más, rompió el sobre y sacó el pequeño trozo de papel que contenía. Aquella letra otra vez, devolviéndole esperanzas y haciendo que su corazón se acelerase como lo hacía tiempo atrás.
“John:
Azotea del St. Barts 12:30
                              ~ SH”
Le dio un vuelco el corazón. Algún bastardo estaba haciéndose pasar por Sherlock y pretendía encontrarse con él esa misma mañana. Se quedó sentado en el sillón, mirando la carta mientras meditaba qué hacer. La letra era exactamente igual a la de Sherlock, pero estaba muerto, él mismo le había tomado el pulso. Miró su reloj, solo cuatro horas hasta la cita. Tenía que decidir el siguiente paso. Por un momento pensó en decírselo a Greg, pero descartó la idea rápidamente, no quería preocuparle. Si era un impostor podría con él, era un ex-militar, podía con ello. Pero por otro lado… ¿y si era Sherlock realmente? Una parte de sí mismo siempre le dijo que seguía vivo, además, la letra era suya y si había alguien capaz de resucitar, ese era Sherlock Holmes. Sintió un cosquilleo en la boca del estómago y sonrió inconscientemente al pensar en él. Hacía mucho tiempo que había asumido que siempre amaría a Sherlock. También quería a Greg, era su pareja y le hacía feliz, incluso iban a casarse, pero Sherlock siempre sería Sherlock. Su compañero, su mejor amigo, Su Sherlock. Fue a la cocina y se sirvió una taza de té. Bebió un sorbo mientras recordaba todos los momentos que habían pasado juntos. Decidió ir a la cita, pero aunque su cabeza le dijo que no lo hiciera, su corazón no puedo evitar hacerse ilusiones. Miró su reloj de nuevo, tres horas y media para la cita. Se metió a la ducha, se arregló y se preparó para salir. No se olvidó de coger su pistola, solo por si acaso.
A pesar de que tenía tiempo de sobra (solo necesitaba treinta minutos para llegar al St. Barts, y tenía dos horas), salió de casa. Tenía que hacer una parada previa.
Siempre sentía un escalofrío desagradable cuando estaba allí. Acarició con las yemas de los dedos el frío mármol negro de la lápida que tantas veces se había quedado mirando durante tardes enteras. Recorrió con la mirada el grabado blanco que rezaba el nombre de su mejor amigo.
– ¿Es real? – Le preguntó en voz altas a la nada – ¿Eres tú? – Suspiró derrotado hundiendo los hombros – no entiendo nada, ¿qué me voy a encontrar cuando vaya a esa maldita azotea? Sería algo muy cruel no encontrarte allí… para que negarlo, deseo que estés allí… – miró a su alrededor, era tan temprano que estaba solo. Se le llenaron los ojos de lágrimas y se quedó en silencio, mirando la tumba y el reloj a intervalos hasta que le dio la hora para llegar al hospital.
Discretamente apoyado en un árbol, lo bastante cerca para escuchar, pero lo bastante lejos para no ser visto, estaba el hombre que llevaba toda la mañana tras los pasos de John. Se frotaba las manos con nerviosismo. Secó una lágrima indiscreta y volvió a su cara de póker. Salió corriendo de nuevo y, por primera vez en todo el día, tomó una ruta diferente a la del ex-militar.
Las doce y media dieron justo antes de que abriera la puerta de la azotea. Dudó un segundo, pero salió con paso firme. El aire frío le golpeó en la cara, pero eso no hizo que se achantara.
– Por un momento dudé que vinieras – dijo una voz profunda demasiado conocida. John avanzó un par de pasos hacia el hombre de espaldas que le estaba esperando.
– No puede ser – dijo incrédulo – es imposible… – lentamente, el hombre se giró para encararle. Se encontró de lleno con aquellos ojos azules que parecían contener el universo entero. Los rizos negros, algo más largos que la última vez que los vio, se mecieron ligeramente con la brisa.
– Hola, John – el ex-militar se quedó en estado de shock. Durante unos instantes no supo cómo reaccionar.
– Sherlock… – murmuró con voz temblorosa. Se acercó del todo y acarició sus brazos, como tratando de comprobar que era real, y no una alucinación provocada por las ganas de verle.
– Soy yo, John… – susurró el moreno permitiéndose acariciar su hombros y su rostro, secando delicadamente las lágrimas que bañaban el rostro del doctor.
– Sherlock… – murmuró de nuevo entre hipidos, sintiéndose incapaz de pronunciar cualquier otra palabra que no fuera su nombre. El detective asesor sonrió de forma inusualmente tierna para él. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió seguro y en paz. Al menos, hasta el momento en que el puño de John le giró la cara.
– Supongo que me lo merezco – dijo llevándose la mano a la zona dolorida.
– ¿Cómo pudiste abandonarme así? – acusó John recuperando la postura tras el golpe.
– Lo hice para protegerte – respondió Sherlock tratando de evitar un segundo golpe.
– ¿Protegerme? – Le agarró de las solapas de la gabardina y le sacudió violentamente – ¿Cómo ibas a protegerme dejándome solo? ¿Tienes idea de lo mucho que te extrañado? ¿De cuánto me has hecho falta? – siguió sacudiéndole y golpeándole en el pecho. Su llanto aumentaba y el moreno le dejó desahogarse – te fuiste, me dejaste solo joder… – sus golpes perdieron fuerza, Sherlock le rodeó con los brazos y John se aferró a su camisa, enterrando la cara en su pecho mientras seguía llorando. Sherlock le acarició el pelo con cariño y gentileza.
– Lo siento tanto John… – susurró apretando el abrazo – no puedes imaginar cuanto… pero tuve que hacerlo, por ti… – trató de explicarse, había pensado mil veces en qué le iba a decir en ese momento, pero ahora que podía sentir el calor de John contra su cuerpo, que le llegaba su característico aroma y su suave pelo le acariciaba la mejilla, le faltaban las palabras.
– ¿Por qué? – logró decir entre sollozos el doctor.
– Moriarty te tenía en el punto de mira de un francotirador – explicó paseando una mano por su espalda en una larga caricia – me amenazó con matarte, pero yo sabía que lo haría, por eso fingí mi muerte, para que no te hiciera daño porque… – se cortó a mitad de frase, sintiéndose incapaz de decirlo en voz alta. Sus ojos se perdieron en la cristalina mirada de los de John. Tragó para intentar pasar el nudo formado en su garganta.
– ¿Por qué, Sherlock? – estaban cerca, muy cerca, demasiado cerca. Podía sentir su dulce aliento en el rostro y su agitada respiración contra su pecho. Su corazón latía desbocado, como pretendiendo llegar al de John. Se quedaron simplemente mirándose a los ojos hasta que Sherlock respiró hondo, cerró los ojos y apoyó su frente en la de John, derrotado.
– Porque te quiero, John – confesó en un suspiro cansado y aliviado. John sonrió como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Llevó una mano al cuello de su compañero y acarició la suave y pálida piel, sacándole un agradable estremecimiento. Siguió ascendiendo hasta su rostro, donde la dejó para calentar la fría mejilla.
– Sé que pensarás que no tengo derecho a decírtelo ahora y que, además, estás con Lestrade, que vais a… – tragó saliva y respiró hondo – que vais a casaros, pero…
– sssh, calla Sherlock – siseó interrumpiéndole – no llores, por favor… – apenas se había dado cuenta de que estaba llorando hasta que John no le secó las lágrimas con extremada dulzura.
– pero John… – trató de replicar en un sollozo ahogado.
– Tranquilo, tranquilo… – volvió a cortarle – todo saldrá bien, te lo prometo – no pudo evitar pensar en lo irónico de la situación: estar entre los brazos de la persona que amaba, que acaba de confesarle su amor, y a quien estaba consolando cuando debería ser al contrario – ahora que has vuelto nada puede salir mal, Sherlock… – alzando la cabeza, juntó sus labios con los de Sherlock. Al principio tuvo miedo de que se apartase, que volviera a marcharse, que sonara el despertador y todo resultara ser un sueño. Pero los dedos de Sherlock enredándose en su pelo y profundizando aquel beso apartaron cualquier duda de su mente. Lo que al principio fue tímido y temeroso, se volvió en apenas un segundo en algo apasionado y salvaje. Se devoraban el uno al otro con ansia y necesidad, acariciando cada milímetro de piel que quedaba al descubierto.
Las frías manos de Sherlock se colaron bajo su camisa, arrancándole gemidos de la garganta que murieron en los labios del moreno. Cuando su chaqueta cayó al suelo y el aire frío de Londres arañó su pecho semidesnudo, John detuvo las ansiosas manos de Sherlock, que entendió lo que pasaba y le soltó con un gruñido de protesta.
– No quiero que sea así – explicó jadeante aun muy cerca del moreno.
– Lo sé – concedió el detective abrazándole de nuevo.
– Tengo que hacer las cosas bien, con Greg, no puedo engañarle así, no se lo merece – apoyó la cabeza en su hombro y con un suspiro pasó los brazos por su cintura.
– ¿Le quieres? – preguntó, y John asintió con la cabeza – ¿Y a mí? ¿A mí me quieres?
– Lo hago, siempre lo he hecho y nunca dejaré de hacerlo… Te amo más que a nada, Sherlock Holmes – el detective sonrió, su nombre sonaba como la música más hermosa si salía de sus labios.
– Te esperaré entonces, el tiempo que haga falta hasta que podamos estar juntos – le besó la cabeza y apretó el abrazo.
– Welcome back to London… – susurró John acercándose a sus labios justo antes de volver a besarle. Sherlock sonrió dentro del beso.
Si, definitivamente aquella era una bienvenida a Londres. La mejor bienvenida que podían darle.

domingo, 14 de octubre de 2012

Todo mi mundo

Todo mi mundo: 


Yo antes no era nada, 
Ni hombre, ni humano, ni persona. 
Yo antes no tenía nada, 
Ni sueños, ni vida, ni alma. 
Yo antes no quería nada, 
Pero llegaste y me lo diste todo. 
Entonces fui alguien, 
Un hombre, un asesino y te amaba. 
Entonces tuve algo,
Un jefe, un amigo, un amor desenfrenado.
Entonces quise algo, 
A ti, tus besos, tu mirada.
Pero te marchaste, 
Un adiós eterno sin decirme nada. 
Dejé de ser alguien, 
Para ser un alma en pena. 
Dejé de tener algo,
Para echar de menos lo que tuve. 
Dejé de querer algo,
Porque tú ya no estabas... 
Y ahora estas aquí de nuevo, 
Y vuelvo a ser quien era, 
Porque me han devuelto el mundo. 
Vuelvo a tener lo que tuve, 
Porque mis sentimientos despertaron. 
Vuelvo a querer algo, 
Porque has vuelto a mi vida. 
Porque tú me diste el mundo, 
Y te convertiste en todo. 
Porque tú eres todo mi mundo.

lunes, 1 de octubre de 2012

Retrasos

Bueno, he sacado un rato de mi agenda para decir que sé que me estoy retrasando con las historias y que prometí que no lo haría más pero me es imposible llevar más velocidad ahora que ha empezado el curso, 2º de Bachillerato pffff los que lo habéis pasado lo sabéis, ¡¡es la muerte!! Bueno, la cosa es que intentaré ir al mejor ritmo que pueda.
Aprovecho para decir que tengo una nueva filosofía: no empezar a subir capítulos de nada hasta que no esté prácticamente acabado todo. Sé que eso solo me va a retrasar más (sobre todo con El Eco del Silencio, estoy creando un mundo nuevo de cero, tened paciencia) pero voy a intentar subir relatos cortos, poemas, canciones, criticas, noticias y todas esas cosas para compensar los relatos más largos.
En fin, ya no os aburro más, que he dejado un trabajo a medias y tengo que continuar.

¡¡BESOS!!

P.D: para saber más de mí y todas esas cosas seguidme en twitter @Artemischan8 ... tengo que buscarme alguna forma de llamar a los que me lean jajaja

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Te entrego

Te Entrego.

Te entrego
mi alma antes perdida.
Te entrego
los latidos de mi corazón desbocado.
Te entrego
mis días y mis noches.
Porque si es a ti,
te lo entrego todo.
Te entrego
mi mirada enamorada al verte cada mañana.
Te entrego
mis labios apasionados al besarte.
Te entrego
los minutos y segundos del resto de mi vida.
Porque si es a ti,
te lo entrego todo.

Y es porque eres tú

Bueno, este es un poema que he escrito. Sé que no soy muy buena con la poesía peeeeeeero es de los primeros poemas que escribo y espero que no me odiéis mucho por él!!

Va dedicado a Molly Cabreada (@MHCabreada) que es quien ha hecho que tenga la idea de escribirlo para el rol así que espero que sea a la que más le gusta jajaja Con mucho amor de tu Anderson Furioso jaja (sí, sé que el poema es de mujer a mujer, pero es que el personaje es un hombre pero yo tengo tetas ok?) xDDD

Y es porque eres tú

Y son tus ojos,
que me miran tan dulcemente.
Y es tu sonrisa,
tan encantadora y perfecta.
Y son tus labios,
que me vuelven tan loca.
Es porque eres tú,
y por eso me enamoras.
Y son tus palabras,
que iluminan mis noches y días.
Y son tus manías,
que te hacen tan encantadora.
Y es tu risa,
que hace que mi corazón palpite.
Es porque eres tú,
y por eso me enamoras.
Y es que son tus besos,
suaves cual terciopelo.
Y es que son tus caricias,
que hacen que me estremezca.
Y es tu piel contra la mía,
que me arranca cada suspiro.
Es porque eres tú,
y por eso me enamoras.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Sherlock: El Caso de las mil Verdades

Bueno, este es un relato con los personajes de Sherlock (serie de la BBC de la cual no tengo ningun tipo de derecho ni busco lucrarme con ello) de tematica homosexual (chico x chico). Es un preestreno de la historia, ya que la voy a subir aqui antes que en el resto de paginas donde publico jajaja espero que os guste!!

Dedicado a mis #Cabreados de twitter que hacen que me ria todas las noches con las locuras y las escenitas que montan!! Mucho love y muchos besos de vuestro Anderson Enfurecido más odiado!!
BESOS!! y ME CAGO EN MI PIERNA!!


Capítulo 1: El asesinato de Brittany Jones.

Sonó el timbre, y todos los alumnos esperaban sentados y hablando al profesor. Cuando llegó, después de una pequeña charla informal, mandó a la joven Brittany Jones a por un trozo de tiza para escribir en la pizarra. Después de treinta minutos, el profesor salió al pasillo, molesto por la tardanza de la chica. Encontró su cadáver en el suelo del pasillo, con un disparo en la cabeza y un mensaje nuevo en el teléfono móvil. 
* * *
La melodía del violín inundaba el 221B de Baker Street. Sherlock Holmes, el único detective asesor del mundo, tocaba frente a la ventana de manera dramática mientras el doctor Watson escribía su último caso en su Blog personal. Sherlock dejó de tocar abruptamente con un suspiro exasperado.
– ¡Dios santo, John, estoy aburrido! – dejó el instrumento sobre el sillón y caminó de un lado a otro de la habitación como una fiera enjaulada.
– Tranquilo Sherlock – John ni si quiera le miraba, ensimismado en lo que escribía en el ordenador.
– ¡Necesito un caso, necesito un caso! – el detective asesor se llevó las manos a la cabeza.
– Nunca he visto a alguien con tantas ganas de que muera alguien – comentó el doctor levantando ligeramente la mirada.
– Eso es por qué no has pasado unas navidades con la familia Holmes – Mycroft Holmes, hermano mayor de Sherlock, entró en la habitación quitándose la gabardina y dejándola en el respaldo de una silla.
– ¿Qué haces aquí, Mycroft? – preguntó Sherlock de mala gana.
– Te traigo un caso… – empezó a decir el mayor de los Holmes.
– No me interesa – interrumpió el  pequeño de mala gana.
– Creía que estabas aburrido – señaló Mycroft alzando la voz.
– Pues te equivocas, Mycroft, tengo muchos casos esperándome – Sherlock volvió a coger el violín y empezó a tocar de manera estridente.
– Tienes que resolver este caso Sherlock – Mycroft se empeñó en convencerle – tal vez si ves esto… – el mayor sacó una bolsa de pruebas del bolsillo interior de su americana. En ella, un teléfono móvil negro parecía estar llamándole.
– ¿De quién es? – preguntó el detective asesor, sonando interesado por primera vez en toda la conversación. Dejó el violín y le cogió el teléfono a su hermano, lo sacó de la bolsa y empezó a investigarlo.
– Mira el último SMS, fue enviado a la hora de la muerte – Sherlock se metió en la bandeja de entrada de mensajes.
“LA PRIMERA, ESPERA LA SIGUIENTE.
JM.”
Sherlock memorizó el SMS. Estaba claro que era para él, igual que sabía quién lo firmaba.
– ¿Te dice algo, Sherlock? – preguntó Mycroft, sacándole de su ensoñación.
– Absolutamente nada, pero acepto el caso, vamos al instituto de esa chica – se guardo el móvil en el bolsillo y se puso la gabardina mientras salía de la habitación – ¡vamos John! – gritó desde las escaleras. El doctor miró un segundo a Mycroft y salió tras su compañero con paso firme.
Se metieron en un taxi y cuando estaban a mitad de camino, John se decidió a romper el silencio.
– ¿Qué había en el mensaje? – preguntó.
– Una amenaza – contestó Sherlock.
– ¿Para a chica? Pero ella ni si quiera llegó a leer el mensaje…
– No, no era para ella… era para mí – interrumpió Sherlock mirando por la ventanilla.
– ¿Para ti? ¿De quién? – John, como siempre, parecía más alarmado que el propio Sherlock.
– De Moriarty – parecía demasiado relajado, no dejaba nunca que algo le afectase. Los sentimientos eran una debilidad y Sherlock Holmes no podía permitirse tener ninguna. John no dijo nada de lo que se le pasó por la cabeza. Dijera lo que dijera, habría sido una tontería para él. Le habría gustado que, por una vez, Sherlock no fuera un completo misterio. Le gustaría saber qué se le pasaba por la cabeza cuando se quedaba mirando a ninguna parte, olvidándose de que no estaba solo. Suspiró, no merecía la pena intentar descifrar la mente del gran Sherlock Holmes. Por su parte, el detective asesor miraba a su compañero por el rabillo del ojo. Solo con un pequeño vistazo, ya sabía cada detalle que se pudiera deducir: dónde había estado, con quién, cuándo… pero sobre todo vio la marca carmín del cuello de su camisa. Apretó el puño dentro del bolsillo casi sin darse cuenta, pero no dejó que se le viera en la cara. Trataba de ignorar ese sentimiento que empezaba a aflorar dentro de él hacia John. Pero era complicado reprimirlo cuando estaba cerca.
El taxi se detuvo frente al instituto. Los coches de policía que estaban aparcados allí despertaban gran interés por parte de los alumnos, y Sherlock tuvo que esquivarlos para poder pasar. Caminaron en silencio por el patio y entraron en el edificio. Dentro, les esperaba el director con el inspector Lestrade para explicarles la situación.
– Señor Holmes, Doctor Watson, gracias por venir – dijo el director – ha sido una verdadera desgracia – se estrecharon la mano.
– Me gustaría ver el cadáver – dijo Sherlock evitando conversaciones inútiles.
– Claro, le acompañaré, aún no lo hemos movido…
– No… no, usted quédese aquí, que me acompañe ella – señaló a una chica sentada junto a la puerta del despacho de dirección que se limpiaba las lágrimas con un pañuelo de tela.
– ¿Ella? – el director se sorprendió – pero es una alumna.
– ¡¿Solo una alumna?! – Sherlock fingió estar alarmado e hizo aspavientos con los brazos – ¡Es la mejor amiga de la victima! Por Dios, ¡¿Cómo que solo una alumna?! – el director la llamó con un movimiento de la mano. La chica se secó las lágrimas una vez más y se acercó.
– Esta es Elisabeth Parker, estudiante y mejor amiga de la victima, ¿cómo lo ha sabido? – el director estaba intrigado.
– Elemental – dijo Sherlock mirando a la chica de arriba abajo – tiene un colgante que pone “BESTFIE” pareja de uno que pone “NDSFOREVER” que seguro que lleva su mejor amiga, además por las marcas de las lágrimas en el maquillaje lleva horas llorando, más o menos el mismo tiempo que ha transcurrido entre el descubrimiento del cuerpo, también tiene todas las uñas mordidas, es una manía suya cuando está nerviosa, y en esta situación no es para menos. El pañuelo que está usando para secarse las lágrimas tiene manchas de sangre, y como ella no parece herida, esta claro que ha tenido contacto con el cadáver, muy probablemente lanzándose a por él cuando fue hallado, pero ya se ha lavado las manchas más importantes, aunque debería frotar mejor entre sus dedos, Srta. Parker… y eso son solo los detalles, esta claro que tiene más o menos la edad de la lista y que está relacionada de alguna forma con ella, sino no estaría esperando en la puerta del despacho de Dirección justo cuando nos estaban esperando – todos se quedaron en silencio, mirando a Sherlock alucinados, todos salvo Elisabeth, que parecía haberse relajado después de escucharle hablar.
– Impresionan, Sr. Holmes – expresó el director – entonces, Elisabeth les acompañará – la chica empezó a andar por el pasillo. Cuando subían las escaleras, en silencio, no soportó estar cayada más tiempo.
– ¿Afganistán o Irak, Sr. Watson? – preguntó. El doctor recordó su primer encuentro con Sherlock Holmes, quien la hizo esa misma pregunta antes de saludarle. Sus miradas se cruzaron durante un segundo, Sherlock parecía sorprendido, algo muy extraño en él.
– Afganistán… ¿Cómo has…?
– Elemental – dijo sin darse cuenta de que había usado la misma que el detective momentos antes, hizo un movimiento para colocarse las gafas – esta claro, solo hay que verle, tiene porte militar, se ve en su corte de pero y su postura erguida. Es medico, y eso unido a lo que mencioné antes es medico militar. Cuando ha ido esquivando alumnos a la entrada, ha intentado proteger instintivamente su hombro izquierdo, por lo que deduzco que tiene dificultades con él. Militar, daño en el hombro: un disparo. Está claramente curado, pero no lo bastante como para que confía en él plenamente por lo que no hace demasiado tiempo. Solo hay dos posibilidades que me encajen, es por eso que he preguntado ¿Afganistán o Irak? – Elisabeth se encogió de hombros y siguió subiendo.
– Increíble – murmuró John. Ambos hombres se miraron, confundidos, esa chica acababa de hacer una deducción similar a la de Sherlock, y eso significaba que sabía mucho más de lo que parecía y decía saber. Llegaron al pasillo, se saltaron el cordón policial que habían colocado y se acercaron al cadáver. Elisabeth se llevó la mano a la boca y empezó a morderse las uñas.
– Esta es Brittany Jones – explicó – un disparo en la sien, hay orificio de entrada pero no de salida, hora aproximada de la muerte: las 11:20 de la mañana, a quemarropa – Watson confirmó cada palabra con un asentimiento de cabeza.
– Te acercaste a examinar el cadáver – dijo Sherlock mirando a la joven – cuando lo descubrieron.
– en parte, pero si que es verdad que era mi mejor amiga – dijo cruzándose de brazos – por cierto, debería devolver su teléfono móvil, Sr. Holmes – Sherlock lo sacó del bolsillo.
– ¿Quién eres en realidad, Elisabeth Parker? – el detective asesor la encaró.
– Todo a su debido tiempo, Sr. Holmes – la chica se giró lentamente sobre los talones y comenzó a marcharse – por cierto, le recomiendo que investigue a fondo los SMSs – remarcó ligeramente el plural de la ocasión, más para que lo pillara John que para que Sherlock lo hiciera. Desapareció por la escalera por la escalera por la que habían llegado sin volver a girarse.